Remanso — Lectura Editorial
Hilera de álamos dorados en un atardecer de otoño

Una plataforma de lectura pausada

El silencio
también se lee.

Comenzar a leer

Cinco minutos de lectura. Ningún anuncio. Ninguna prisa.

Capítulo I

Una pausa
deliberada

Hay una forma de leer que el ruido contemporáneo ha ido desplazando: la que no compite por la atención, sino que la invita a quedarse. Remanso nace de esa idea — un espacio donde el texto respira, donde cada párrafo tiene el peso justo antes de ceder el paso a una imagen, a un silencio, a la página siguiente.

No hay temporizadores ni notificaciones. Solo la luz cambiando sobre una fotografía, el desplazamiento lento de la página, y el tiempo que decidas darle.

Mariposa anaranjada con las alas abiertas sobre tierra y piedras
Alas abiertas sobre la tierra
Capítulo II

Atmósferas que sostienen el texto

Hilera de álamos reflejados en un espejo de agua en calma

Cada fotografía se elige como se elige una pausa en la respiración: no para ilustrar, sino para dar espacio. Álamos dorados, lavanda contra un muro tibio, piedra envejecida por los años — texturas que no piden nada, solo acompañan.

— Nota del editor

Espiga de lavanda sobre fondo neutro cálido
“La calma no es ausencia de movimiento. Es movimiento llevado a su punto máximo.”
Flores de durazno a contraluz, iluminadas por el sol bajo

La luz no ilumina el texto.
Lo acompaña.

Capítulo III

Diario

Veintiún textos escritos semana a semana, cada uno con su propia fotografía.

12 de septiembre · 5 min

Los 5 embajadores de los sentidos

Ilustración: la Tierra con un cáliz de tomate a modo de corona, orbitada por el sol y la luna

Cuentan que el cuerpo, cansado de que cada sentido tirara para su lado, convocó a una reunión. No una reunión cualquiera: una cumbre de embajadores, cada uno representando a su reino, cada uno convencido de que, sin él, el imperio entero se vendría abajo.

Llegó primero la Vista, entrando como quien ya sabe que todos la están mirando.

—Sin mí no hay mundo —dijo, acomodándose el brillo. Yo traigo los colores, las distancias, las caras que se aman y las que se evitan. El resto de ustedes trabaja a ciegas, literal, si yo no les paso el dato primero.

El Oído, que todavía no había abierto la boca, dejó pasar el silencio que se hizo enseguida. La Vista lo tomó como aprobación.

Entonces habló el Olfato, con ese aire de quien cree que su trabajo es el más íntimo y, por eso, el más noble.

—Ustedes venden superficie. Yo vendo memoria pura. Un aroma te devuelve a la infancia en un segundo, sin permiso, sin aviso. ¿Alguno de ustedes puede decir que reconstruye una vida entera con una sola bocanada? Yo, sí.

El Gusto no se iba a quedar callado.

—Memoria, memoria... la memoria no alimenta a nadie. Yo soy el único que decide si algo entra al cuerpo o se escupe. Soy juez y frontera. Sin mí comerían veneno con la misma cara que comen miel.

El Tacto, que había estado apoyado contra la pared con los brazos cruzados, se rio bajito antes de meterse.

—Ustedes hablan de lejos. Yo soy el único que toca la verdad de las cosas. La textura no miente como miente una imagen. Yo sé si algo es frío antes de que la vista termine de decidir si es lindo.

Así siguieron un rato largo, cada uno construyendo su propio trono con los ladrillos del otro, hasta que se dieron cuenta de que el Oído seguía sin decir palabra.

—¿Y vos, qué decís? —le preguntaron, casi con lástima, como si su silencio fuera pobreza.

El Oído dejó pasar un segundo más. Después habló sin apuro, con esa calma de quien no necesita ganar la discusión, porque ya la entendió.

—Yo soy el único de ustedes que sabe percibir el silencio. Ustedes necesitan que haya algo —color, olor, sabor, superficie— para existir. Puedo estar en la nada y seguir siendo útil. Por eso el cuerpo me manda a hablar último: porque escuchar antes de responder es lo único que los cuatro todavía no aprendieron.

Nadie dijo nada. Por una vez, hasta la Vista dejó de buscarse en el reflejo de los demás.

—Miren —siguió el Oído— ninguno de ustedes sobra y ninguno alcanza solo. El problema nunca fue quién es el más importante, sino que cada uno quiere hablar todo el tiempo. Y ahí se pierde el equilibrio. Yo escuché historias enteras sobre alguien que mostraba una sonrisa perfecta con la boca mientras la mirada decía una cosa completamente distinta. Cuando el Gusto y la Vista no se escuchan entre ellos, alguien miente y el otro no se da cuenta a tiempo. La sonrisa sin la mirada es apenas gimnasia de la cara.

El equilibrio no es que todos hablen parejo. Es que sepan, como yo, callarse a tiempo para escuchar lo que el otro está diciendo en voz baja. Contemplar no es no sentir: es dejar de pelear por el podio el tiempo suficiente como para que la verdad, que casi siempre es callada, tenga lugar para aparecer.

Por eso el silencio no es la ausencia de ustedes cuatro. Es la condición para que, por una vez, hablen al unísono y se pongan de acuerdo.

10 de septiembre · 6 min

Asegurarse las contras

Hilera de álamos dorados en un atardecer de otoño

La semana pasada, luego de un largo día y en compañía de mi hijo luego de cenar, el cansancio me encontró sentado en el sillón mirando fútbol —cosa rarísima en mí, casi nunca me siento a ver noventa minutos seguidos de nada. Mi cabeza no da para tanto: a los veinte minutos ya estoy pensando en otra cosa, en un mail que tengo que mandar, en una frase de un texto que dejé a mitad. La única excepción es cuando hay un tipo con traje de superhéroe, o alguien con una espada láser en la mano. Ahí sí, dos horas y media sin parpadear. El resto del mundo tiene que competir contra eso, y pierde casi siempre. Pero esa noche, con mi hijo al lado explicándome jugadas, aguanté el partido entero.

En un momento me tiró, con esa naturalidad de pibe que ya entiende más táctica que yo, que el equipo se tenía que asegurar las contras. Le pregunté qué quería decir porque me dejó regulando y me explicó más o menos lo que después terminé de entender buscando: cuando un equipo se manda para arriba a buscar el gol, deja espacios atrás, y si no los cuida, el rival te agarra corriendo para el otro lado y te hace un gol de contragolpe. Asegurarse las contras es eso: atacar sin regalar la espalda.

Me quedé pensando, no en el partido, sino en mí. Porque jugué buena parte de mi vida a un solo palo. O todo ataque —lanzarme, arriesgar, meterme en proyectos, en amores, en decisiones sin red— o todo defensa, cerrado, sin salir del área, cuidando cada centímetro para que no me pasara nada. Nunca las dos cosas juntas. Y ahora que lo pienso con más calma, sospecho que no era falta de estrategia, sino un uso torcido de las mismas virtudes que después aprendí a nombrar bien. Cuando atacaba sin cuidarme, le decía fortaleza a lo que en realidad era huir de algo que no quería mirar de frente; la velocidad me servía de anestesia. Y cuando me cerraba atrás, le decía prudencia a lo que era, lisa y llanamente, miedo. Las dos posturas, tan distintas en apariencia, evitaban lo mismo: la incomodidad de no saber qué iba a pasar. A eso —a lo que les faltaba a las dos— recién esa noche le puse el nombre correcto: templanza. No la del que no siente nada, sino la del que siente todo y aun así no se desborda para ningún lado.

Lo que mi hijo me estaba explicando sin saberlo tenía que ver con otra de esas palabras viejas: justicia, en el sentido más simple, el de darle a cada cosa lo suyo. El equipo que ataca bien no deja de defender, reparte el trabajo con cabeza: dos quedan atrás mientras los otros arriesgan adelante, ninguna zona de la cancha queda sin la atención que merece. La valentía y el resguardo no compiten entre sí. Se necesitan, y hace falta cierta justicia interna para dárselos a ambos en su medida.

Me sirve pensarlo así. Salir a vivir, a soltar, a meterse en lo que uno quiere no significa tirarse de cabeza sin nada atrás. Tampoco significa tener todo cubierto, porque eso no existe: siempre queda un tramo de cancha sin nadie, un costado por donde puede entrar el susto. Lo que cambia es cuánto terreno dejás pelado. Un vínculo firme, una rutina que sostiene, un par de certezas propias que no dependen de cómo salga la jugada de afuera, no evitan el gol en contra. Achican el arco.

Y está la falta táctica, que me costó años entender que no es cobardía sino la fortaleza de verdad, la que no necesita aplausos: frenar a tiempo, decir que no, cortar una conversación cuando el cuerpo avisa, es lo que hace el jugador que corta el contragolpe antes de que sea gol. Una jugada fea, sin gloria, que salva el resultado.

Ya tarde, cuando el partido terminó y mi hijo se fue a dormir, me quedé sentado, sin apagar el televisor, pensando que estas cuatro cosas —templanza, justicia, fortaleza, y esa prudencia que tanto confundí con miedo— no son un examen que se aprueba una vez. Se juegan de nuevo cada partido, cada día, a veces cada minuto. No sé si esa noche entendí algo nuevo sobre el fútbol. Sé que me fui a acostar preguntándome cuántas veces, en mi propia cancha, confundí estar en equilibrio con simplemente no haberme dado cuenta de para qué lado corría.

4 de septiembre · 5 min

La mujer del muelle

Ilustración de una mujer mayor sentada en un muelle envuelto en niebla, mirando a un hombre alejarse con una maleta

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LA MUJER DEL MUELLE

Europa del Este · Buenos Aires, 1900

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«Lo que se guarda demasiado tiempo deja de ser propio y empieza a ser jaula.»

— Proverbio romaní, tradición oral

Se llamaba Zorka. Para cuando llegó al muelle de Buenos Aires ya nadie le preguntaba el nombre: le preguntaban la suerte, y ella respondía con lo que veía, que no siempre era lo que la gente quería escuchar.

Había nacido en un carro, en algún pueblo perdido entre las montañas de Transilvania, hija de una mujer que leía las manos y de un hombre que afinaba violines para bodas ajenas. De su madre heredó el oficio. De su padre, algo más difícil de nombrar: la idea de que hay objetos que no sirven para guardarse sino para pasar de mano en mano, como el arco que un violinista presta y que ya nunca vuelve a sonar del todo igual.

El collar de cuentas se lo dio un peregrino que cruzó los Cárpatos en 1870, un hombre venido de muy lejos, de la India, que no hablaba ni húngaro ni romaní y que aun así se hacía entender: se sentaba frente al fuego del campamento y movía las cuentas de sándalo entre los dedos, una por una, como quien reza sin necesitar palabras. Zorka tenía dieciséis años. El peregrino se lo dejó al partir, sin explicación, con el mismo gesto con que se deja una herramienta a quien todavía no sabe qué la va a necesitar.

Lo usó una sola vez para sí misma. Amó a un herrero de otro campamento, un hombre de manos quemadas que le hablaba de un futuro que ella supo, antes de que él terminara la frase, que no iba a cumplirse. No hizo falta que el collar se lo dijera: lo supo con lo mismo con que sabía todo lo demás, ese don que a ella le pesaba como una condena. Lo dejó ir sin pelear. Retener a alguien contra su propia corriente, le había enseñado su madre, es la forma más lenta de perderlo dos veces.

Después de eso no volvió a amar con esa intensidad. No por falta de ocasión, sino por decisión: sabía que ella no era de las que se quedan, y prefería saberlo a tiempo antes que fingir lo contrario.

Cruzó media Europa leyendo manos en ferias y velorios. Enterró a su madre en un pueblo cuyo nombre no volvió a pronunciar. Se subió a un barco en Trieste sin saber bien por qué elegía ese puerto y no otro, salvo que las cuentas, que ya llevaba colgadas al cuello y no en la mano, se habían puesto tibias esa mañana, y ella había aprendido a no discutirle al calor.

Veintidós días de mar. Los mismos que después contaría Rafael, sin saber que los contaba en un barco similar al de ella, con otro nombre en la proa.

En el muelle de Buenos Aires, sentada donde las reglas de la ciudad nueva todavía no llegaban del todo, Zorka vio acercarse a un hombre con una maleta de cuero, de los que cargan algo por dentro y no algo que los persigue desde afuera. No lo reconoció de inmediato. Al principio fue apenas otro más de los que bajaban del barco, con el mismo paso perdido de todos los demás.

Pero las cuentas, colgadas al cuello, se pusieron tibias otra vez, igual que aquella mañana en Trieste. Y con el calor le llegó la certeza, la misma con que sabía todo lo demás sin poder explicar cómo lo sabía: ese hombre cargaba la misma herida que ella había cargado treinta años, la del que ama con una intensidad que asusta al otro. El viaje entero, entendió entonces, no había sido para ella. Había sido para traer esto hasta acá.

Se lo sacó del cuello. Lo sostuvo un momento, el último en que fue enteramente suyo, y pensó que las cosas así no se atesoran: se entregan en el instante justo, y ese instante es el único trabajo verdadero de quien las lleva.

—Tómalo —dijo—. Cada cuenta, un recuerdo; cada mantra, un velo que cae.

No le dijo que ella también había amado así, una sola vez, a un herrero que ahora era menos que un nombre. Tampoco hizo falta. El collar se lo iba a decir, a su tiempo, en un idioma que Rafael todavía no sabía leer.

Zorka se quedó en el muelle. Vio al hombre alejarse hacia la ciudad con su maleta y su herida nueva, y sintió el cuello liviano por primera vez en treinta años.

No lo volvió a ver. Las cuentas ya sabían el camino solas.

PD; Ésta fue la cuenta cero. Todavía quedan nueve viajes bajo los velos del alma por contar. Un día será libro, solamente hay que dejarlo respirar...

4 de septiembre · 4 min

Mi hora mimo

Hoja otoñal retroiluminada por el sol, fotografiada de cerca

Mi hora mimo es el rato que me regalo a mí mismo. El tiempo que decido gastar en algo que me gusta, sin pedirle permiso a la lista de pendientes ni a nadie más. Podría ser cualquier cosa, pero en mi caso es la cámara de fotos.

Mi hora mimo es cuando el tiempo deja de correr parejo y empieza a pasar a través de un lente. O de varios, según cuál sea el objetivo que le puse esa tarde a la cámara. Esa distancia no es física, es focal. Y es justo esa distancia la que me permite ver los pequeños momentos de la vida que casi siempre me tapa la ansiedad.

Porque la ansiedad hace eso: tapa. Corre todo hacia adelante, hacia lo que sigue, hacia lo que falta. Y ahí, en el medio, se pierde lo que está pasando ahora mismo. La cámara me obliga a lo contrario. Me obliga a quedarme.

Mi hora mimo es sagrada. A veces dura horas, a veces son minutos, a veces ni siquiera sé cuánto duró porque en esos momentos el tiempo deja de medirse como se mide normalmente. Pero me sirve para frenar. Para detener el mundo, aunque sea una mentira piadosa que me cuento, y mirar a través del visor el instante preciso que quiero retratar.

Componer. Retratar. Equilibrar. Tres verbos que parecen simples y no lo son. Componer es decidir qué queda adentro del cuadro y qué queda afuera, y esa decisión dice más de mí que de la escena. Retratar es intentar que lo que veo se parezca, después, a lo que sentí. Equilibrar es la parte más difícil: encontrar el punto exacto donde nada le sobra a la imagen y nada le falta.

A veces ni siquiera la cámara puede contener todo lo que yo quisiera meter adentro. La multitud de cosas que están pasando al mismo tiempo, la luz que cambia mientras dudo, el gesto que se me escapa por medio segundo. Podría vivirlo como una limitación. Durante mucho tiempo lo viví así, como una frustración chica pero constante. Ahora lo pienso distinto: quizás no es que la cámara se quede corta, es que yo me aferro a una perspectiva y no quiero soltarla. Cambiar el ángulo, bajar, subir, acercarme un paso más, a veces alcanza para que lo que parecía imposible de contener entre en el cuadro sin esfuerzo.

Mi hora mimo no se negocia. Eso lo aprendí a las patadas, discutiendo conmigo mismo cada vez que alguna obligación quería comerse ese rato. Pero tampoco se programa. No puedo abrir la agenda y anotar "inspirarme de 17 a 18". No funciona así. Fluye, o no fluye, y yo no tengo mucho para decir al respecto.

Lo que sí puedo hacer es estar disponible cuando aparece. Tener la cámara cerca, no en el fondo de un placard. Salir a caminar sin un destino tan cerrado que no deje lugar para desviarme si algo me llama la atención. Porque la inspiración no golpea la puerta con horario fijo, aparece cuando aparece, y lo único que puedo controlar es no estar tan ocupada como para no verla pasar.

Hay días en que salgo con la cámara y no pasa nada. Ninguna luz me convence, ningún gesto me detiene, y vuelvo con la tarjeta vacía. Antes eso me frustraba. Ahora entiendo que también es parte de la hora mimo: el rato en que salgo a buscar y no encuentro también es mío, también es tiempo detenido, aunque no deje una foto para mostrar.

Quizás de eso se trata, en el fondo. No de coleccionar imágenes sino de entrenar la mirada para que, aunque sea por un rato al día, deje de correr detrás de lo que viene y se quede con lo que hay. La cámara es la excusa. El lente es apenas el vidrio que necesito interponer entre yo y la prisa para poder, por fin, ver algo entero.

Por eso es un mimo y no una tarea más. Nadie me lo pide, no le rinde cuentas a nadie, no tiene que servir para nada más que para eso: dedicarme un rato a mí. Y ese gesto, tan chico y tan mío, es también una forma de quererme.

26 de agosto · 5 min

El tapón y la moneda

Nube de tormenta al atardecer con un relámpago distante

De pibe, los fines de semana que nos juntábamos con mis primos a almorzar en familia, llegaba la hora de poner la mesa y se rajaban. Uno se acordaba justo de que tenía que ir al baño, al otro le surgía una tarea urgentísima en el patio. Y quedaba yo solo, dando vueltas con los platos, cagado de bronca y sin decir ni mu. Me la tragaba tan bien que ni yo me daba cuenta de que la tenía adentro. Recién ahora caigo en que esa bronca callada era lo mismo, exactamente lo mismo, que pasaba en la caja de tapones de casa.

Porque antes de las térmicas había una caja de tapones. Cada tapón era un tubito con un hilo de plomo adentro, y ese hilo tenía una sola misión en la vida: quemarse. Cuando algo en la instalación pedía más corriente de la que el cable bancaba, el hilo se derretía y cortaba todo. La casa quedaba a oscuras de un saque. Uno puteaba, iba a los tumbos hasta la caja y cambiaba el tapón quemado por uno nuevo.

Lo que hacía el tapón, en el fondo, era ofrecerse. Se quemaba él para que no se quemara el cable adentro de la pared. La pieza más barata de todo el sistema, bancándosela por las caras.

Y había un truco que se sabía todo el mundo. Cuando se terminaban los tapones nuevos, un sábado a la noche, con la heladera cortada, alguien tiraba: ponele una moneda. Metías una moneda de cobre en lugar del hilo de plomo y la luz volvía como si nada. La moneda no se quemaba nunca. Aguantaba lo que le pusieras. Por un rato parecía la solución perfecta, hasta que el cable que el tapón hubiera salvado empezaba a calentarse despacito adentro de la pared, sin que nadie lo viera, hasta prender fuego la casa entera.

Con la bronca hacemos exactamente lo mismo.

Nos criaron con que enojarse está mal. Que la gente educada no levanta la voz, que el que se calienta ya perdió, que hay que tragar y poner buena cara. Crecimos tratando la bronca como si fuera una falla de carácter, algo feo que mejor esconder. Y entonces la tragamos. Le ponemos la moneda. Decimos que está todo bien con la mandíbula apretada, y por afuera quedamos tranquilos, prolijos, sin un tapón quemado a la vista.

El tema es que la bronca, como el tapón, casi siempre se está quemando por algo. No salta porque sí. Salta cuando algo que te importa fue pisoteado: un límite, un lugar que era tuyo. Es la parte tuya que te avisa que se pasaron de raya. Tragártela no apaga nada. Manda todo ese calor para adentro de la pared, donde no se ve, y ahí se queda, calentando despacito, hasta que un día te prende fuego algo mucho más caro que una discusión.

Y no estoy hablando del que rompe todo. Ese es el otro extremo, el cortocircuito sin ningún tapón que lo frene, la furia que arrasa con lo que tiene al lado y al otro día no arregló nada. Esa bronca tampoco sirve. La que sirve no es la que explota ni la que se traga: es la que uno se anima a leer. La que en vez de descargarse o esconderse se pregunta qué fue, exactamente, lo que la hizo saltar.

Porque la bronca te contesta una pregunta, si la dejás hablar. Te dice dónde estaba tu límite, qué cosa no estabas dispuesto a entregar. Es información, no veneno. El que nunca se enoja con nada no es más sabio: muchas veces es uno que aprendió a poner monedas tan rápido que ya ni escucha el chasquido del tapón saltando.

Por eso, cuando algo me hace saltar —y salto, más de lo que me gustaría—, trato de no salir corriendo a poner la moneda. Trato de ir hasta la caja y mirar cuál fue el tapón que se quemó, y por qué. Casi siempre, debajo de la bronca, hay algo mío que me estaba pidiendo que lo defienda.

Apagar la luz a las apuradas es fácil. Lo difícil, y lo único que te evita el incendio, es preguntarte qué era eso que pedía tanta corriente.

25 de agosto · 6 min

La gesta de hacer manual al andar

Ilustración de un padre abrazando a cuatro bebés dormidos sobre almohadones

El lunes 24 de agosto se celebró en Mendoza el Día del Padre, en homenaje al nacimiento de Mercedes Tomasa, hija de José de San Martín, nacida un 24 de agosto de 1816. Al hombre que la historia bautizó Padre de la Patria, la provincia lo recuerda en su versión doméstica: el padre de una niña real, con nombre y con rostro.

A mí también me tocó ser padre. La vida me dio cuatro hijos en dos oleadas: mellizos y, un año y cinco meses después, dos mellizos más. Cuatro criaturas que llegaron como si el universo hubiera decidido que yo aprendía mejor con el volumen al máximo. Y aunque los elegí —fue en ese momento el mayor gesto de amor sobre la faz de la tierra para mí— no trajeron el manual completo. Como si hubieran llegado con menos hojas de lo normal.

Hay una imagen de esos primeros años que no está en las fotos pero que el cuerpo recuerda: llegar del trabajo y sentarme en esa trinchera de mantas y almohadas que habíamos armado a modo de corralito humano para poder darles el biberón a los cuatro al mismo tiempo. Cada uno apoyaba la cabeza en alguna parte de mis brazos o piernas. Tenía treinta y seis años y en esa diaria odisea de ser padre entendí algo que nadie me había explicado: el amor no se divide. Se multiplica.

Horas en el suelo jugando. Abrazos sin tiempo ni espacio, ese lugar donde uno siente que todo es lo que está bien.

Hoy en día no recuerdo exactamente cómo se sostenía a cuatro criaturas que lloraban al mismo tiempo, ni cómo repartía la paciencia cuando ya no me quedaba. Hoy lo voy llevando sobre la marcha, muchas veces a los ponchazos. Esa dificultad no es excusa: es la verdad de la que parto.

Hoy mis hijos son mucho más grandes que en esas viejas fotos. Pero hay huecos en la memoria que las fotos no llenan. No me acuerdo, por ejemplo, cuándo los más chicos aprendieron a caminar. Transité esos años en una especie de shock, en modo supervivencia, y hay pedazos enteros de vida que se me perdieron por ahí. Eso también es parte de lo difícil que me resulta ser su padre.

Y aunque el corralito de mantas ya no está, sigo aprendiendo herramientas nuevas, porque cada edad les trae una necesidad distinta y a mí me sigue faltando el manual. El de los mellizos adolescentes no vino con el de los mellizos bebés. No tener la herramienta no es motivo para desaparecer. Es motivo para quedarme igual, torpe si hace falta, pero presente.

Aprendí tarde, pero aprendí, que no hace falta tener todas las respuestas para estar. Que se puede acompañar sin saber exactamente cómo, y que preguntar en vez de suponer también es una herramienta, quizás la más importante de todas.

Los cuatro me miran y me dan un beso todos los días. Me dicen te extrañé, te amo, te quiero. Ese gesto —tan pequeño, tan cotidiano, tan incondicional— me despoja de toda armadura, aunque en el momento no siempre sepa valorarlo. Sé que en algún momento van a leer este texto y tal vez puedan entender por qué las escribí: no para pedir perdón, sino para que sepan que un padre también puede confesar que le faltan herramientas sin que eso signifique que faltó amor.

San Martín crió a Mercedes él solo en Europa, después de que murió su esposa, y en medio de esa crianza igual encontró tiempo para dejarle doce máximas escritas: amor a la verdad, respeto por lo ajeno, dulzura con los débiles. Las escribió cuando ella tenía ocho años, no al final de su vida sino en el medio de los días comunes de estar con ella. Tuvo clara la lista. Yo, cerca y presente todos los días, voy escribiendo esas máximas día a día, para aplicarlas casi sin dejarlas que alcancen a fraguar, entiendo que aún me faltan miles de páginas del manual y esa es mi gesta heroica. Aun así, elijo escribirlas una por una, con lo que tengo, con lo que ellos me vinieron a enseñar. No sé si algún día van a leer una lista tan clara como la de Mercedes. Pero van a saber que existió el intento, todos los días, sin excepción.

18 de agosto · 5 min

La luna y el Fiat

Luna llena sobre un paisaje nocturno

Recuerdo que en 1986 pasó el cometa Halley. Ese año nos fuimos de vacaciones con mis abuelos maternos a la playa, a Monte Hermoso, desde Mendoza, de un tirón, en un Fiat 1500. Para un adulto era una odisea razonable, la única forma de hacer ese viaje en esa época. Para un niño de cinco años era otra cosa: una épica entera, con su principio, su nudo y su final, la viví así, sin nada con qué compararla todavía.

No lo supe entonces con esa claridad que dan los años, pero ahora, cuando lo pienso, todo ese verano quedó teñido por esa certeza que solo el tiempo revela: que hay cosas que pasan una sola vez frente a nuestros ojos, y que el resto de la vida las vamos a recordar cómo se recuerda algo que no va a volver. El Halley tarda setenta y seis años en regresar. Yo tenía pocos años entonces. Algunos de los que íbamos en ese auto no iban a estar para volver a verlos de nuevo juntos. Aunque en ese momento nadie lo dijera, aunque ni siquiera lo pensáramos, el cometa ya estaba ahí arriba escribiendo esa despedida que todavía no sabíamos leer.

Mi abuelo era camionero de toda la vida, acostumbrado a la ruta, capaz de leerla como quien reconoce una cara. En esos años había menos tráfico y a él le gustaba salir de noche para llegar temprano. Partíamos a las diez. Recuerdo ese viaje en particular, con luna llena. Durante la noche de travesía, en un momento apagó las luces del auto, su auto, que cuidaba como un templo, que lavaba y le hablaba como si tuviera alma propia, y anduvimos decenas de kilómetros solos, a oscuras, alumbrados apenas por la misma luna que hoy sigo mirando, aunque hace años que la miro sin él al lado.

Esos viajes tenían algo místico. No fueron tantos, si los cuento con la cabeza de adulto que tengo ahora. Pero ese, con la luna como único faro, fue distinto a todos. Recuerdo el silencio, la vista clavada en lo que se llegaba a distinguir con esa luz tenue, y después en lo que los ojos iban descubriendo solos a medida que se acostumbraban a la oscuridad. Nadie hablaba. El resto de la familia dormía atrás. Éramos mi abuelo y yo, cómplices sin haberlo planeado, compañeros de un silencio que no hacía falta romper. No íbamos exactamente a la par: él manejaba, yo miraba, cada uno metido en lo suyo. Pero estábamos ahí, los dos despiertos, sosteniendo la misma noche sin necesidad de nombrarla.

Ahora que lo escribo entiendo mejor por qué ese recuerdo volvió con tanta fuerza al pensar en el Halley. Uno vive ciertas cosas sin saber que son irrepetibles. Recién después, cuando ya no están las personas o ya no están las circunstancias, se les encuentra el peso real. El cometa se aleja y tarda toda una vida en volver. Mi abuelo se fue hace años y a él, en cambio, no lo vuelvo a ver bajo ninguna luna. Pero ese viaje (esas dos o tres horas de ruta a oscuras, la luna llena de faro, el motor del Fiat como único sonido) sigue entero cada vez que levanto la vista de noche.

Envejecer un poco es más o menos eso: ir descubriendo, con el tiempo, cuáles de esos momentos que parecían de rutina eran en realidad los que importaban. Yo no elegí ese viaje como especial mientras lo vivía. Lo entendí después, con la distancia, cuando supe que ese silencio compartido con mi abuelo, bajo la luna de un verano de 1986, no se iba a repetir. El cometa quizás vuelva a cruzarse conmigo dentro de treinta y cinco años. Ese viaje con mi abuelo, no.

10 de agosto · 6 min

El porqué dejo a la vida escoger la canción…

Ilustración de un camino de regreso a un pueblo, al atardecer

Hace poco, después de treinta y cinco años, volví a un pueblo donde viví cuando tenía once. Años recordándolo, recorriendo por internet sus calles, sus noticias. Mantuve las amistades como pude: teléfonos, cartas, luego Facebook, hoy decantadas en WhatsApp.

Siempre sentí que el pueblo me llamaba. Fui porque en el verano volví a encontrarme con Pablo, un amigo de entonces, y él me abrió su casa y a su familia. Y entendió, antes que yo, lo que ese viaje iba a ser. No insistió en vernos: el almuerzo y la cena como único punto de encuentro, sin horario. Me ofreció el pueblo sin exigencias: que lo recorriera solo, que me reencontrara a mis tiempos.

Y quizás, respondiendo a ese llamado, pude hacer con el pueblo lo que no pude con mi abuelo, a quien tanto amé: mostrarme ya hombre, contarle cómo llevo mi vida, mi historia.

Entré al pueblo el 24 de abril, con la playlist corriendo sola. No quise elegir una cancion. Dejé que la aleatoriedad decidiera, que es la única forma de volver a un lugar que ya no te pertenece del todo: sin preparar el estado de ánimo, sin elegir la música que va a decirte lo que ya decidiste sentir.

Sonaba Personal Jesus en la voz de Marilyn Manson. Reach out and touch faith. Extendé la mano y tocá la fe. Treinta y cinco años y el universo mandando eso. La canción no la elegí. Llegó sola, y en eso también había algo que entender.

Los recuerdos habían empezado treinta kilómetros antes, sin que los llamara. Curvas que el cuerpo reconoció antes que la cabeza. La geometría específica de un camino que uno aprende con la bici y no con el auto. El cuerpo tiene su propia memoria, y no se parece a la otra. No embellece, no selecciona. Simplemente recuerda la postura que uno tenía cuando era otro.

El pueblo había madurado. No se infló ni se dispersó con esa fealdad específica de los lugares que crecen sin saber hacia dónde. Creció para adentro, acumulando capas sin soltar el núcleo. Hay pueblos que cuando crecen pierden lo que eran y hay pueblos que crecen para seguir siendo. Las Junturas era lo segundo.

Visité la casa donde viví con mis padres. La última donde los tres fuimos una familia antes de que nos fuéramos a Córdoba y todo cambiara de forma. Hoy es un taller mecánico. El lugar perdió lo que era. El frío del abandono no es dramático: es la acumulación de años en que nadie discutió en esa cocina, nadie cumplió años en ese comedor.

El viejo árbol seguía ahí. Nadie le había pedido que esperara y nadie le había dado razones para irse. Los árboles no hacen eso: no preguntan, no evalúan, no calculan si vale la pena quedarse. Continúan, y esa es la forma más antigua de la sabiduría.

Pensé que al volver iba a cerrar algo que llevaba décadas abierto, con herramientas que tardé años en conseguir. No para juzgar nada, sino para entender lo que en su momento solo pude vivir sin poder nombrarlo. La vida tiene la costumbre de dejar coincidencias demasiado prolijas para llamarlas azar: elegí el mismo mes en el que me había ido, treinta y cinco años antes.

Reach out and touch faith. Extendí la mano. Toqué lo que siempre fue real y yo había convertido en mito.

Antes de salir del pueblo, me senté en la plaza a contemplar una última vez la escena. Miré, ese domingo, la tranquilidad de un lugar que me permitió volver a soñar. Vi a una chica cruzar en bici con la mochila abierta y sin candado en el manubrio. Entendí la sabiduría de Las Junturas siendo Las Junturas, sin importarle demasiado que yo hubiera tardado treinta y cinco años en volver.

El sol estaba alto, hacía calor y el pueblo olía a tierra húmeda.

Subí al auto. Encendí el motor.

No elegí canción.

8 de agosto · 4 min

Entre camellones

Hileras de un viñedo vistas en perspectiva, con gotas de riego

Mientras el xumbido de una abeja intentanba posarse sobre la flor de una rucula salvaje seguía incentante. Taladrante diría.

Me intentaba concentrar en un pasillo qu estaba entre camellones. Largo profundo, finito. Con el verdeo como manto sobre tierra floja y rodeado de viñedos. Una línea de vides de cada lado como legionarios encadenados y unidos entre si.

Deben ser 500 metros, y varias veces pensé en caminarlo, lo intente. Pero toda esa tierra, te entierragas, hay rocetas, salis lleno de todo, nada bueno.

El tema es ese, sabes que salis de odas formas, porque nunca dejas de ver a amabas salidas, que la primera en realidad es entrada hasta el momento que la pase y dejo de serlo, ahora le guste o no es salida.

Es la que mas cerca me queda porque recién entro y es la que elijo porque de toque me vuelvo. Praticamente intacto.

La otra, hoy la voy a recorrer. Se que es la mas difícil, quizás innecesaria pero me dará una experiencia mas profunda, en la experiencia de caminar. Quizás con todos los intentos que he hecho, la hice entera de a tramos, hoy es la película entera

La fácil es fácil y lo seguirá siendo, banall, vacia

La difícil es ir entre camellones, esos montículos elevados de tierra, que van debao de cada planta a lo largo de las hileras

Quiero entender la naturaleza de la experiencia en si, y si vale la pena la energía puesta en ello. ¿Es la proyección de como me tomo los desagios en la vida misma, a diario? ¿Por que dejar de hacerlo? ¿por Que es la difícil? Por que entre los riesgos esa de ssallir lastimado= prefiero vivirlo

Salgo destrozado, arañado, con mil rosetas herido. Pero no de muerte, como el fénix y en una mejor versión, claro esta, luego de sanar las heridas de guerra correspondientes, cicatrices que me recordaran luego que me hicieron mas fuerte.

Ir entre camellones es ir derecho, aplomado, recto, es alinearse con uno mismo y su vida.

8 de agosto · 3 min

El cascarudo mensajero

Escarabajo oscuro caminando sobre una superficie de piedra clara

Me senté en el borde del hormigón armado, contemplando el viñedo casi a su altura, de igual a igual. Buscaba un cierre, una idea, algo que me sacara del ciclo de patrones. Vestigios de emociones que iban cicatrizando, tratando de olvidar un poco.

Cuando lo vi. De costado, como algo que sospechas que se mueve, que dispara el acto reflejo incontenible de mirar. Y venía de frente como topadora: un escarabajo negro, rugoso, nada lo frenaba. Subía, bajaba, iba sin ningún signo de aminorar velocidad. ¿Buscando qué? No lo sé. Cambié la atención y lo observé como quien siente que pierde el tiempo. Largas eses en el caminar. Pensé en el estado físico: yo estaría en plena apnea y el tipo como si nada.

Se fue acercando. Me ignoró totalmente. Seguimos segundos, minutos, siendo testigos de ambas existencias, supongo. Se percibió que estaba ahí, pero siguió. Hasta que estuvo enfrente. Se paró sobre sus patas traseras, con el resto alzándose, la viña como fondo. Me miró fijo con sus ojos. Me sentí contemplado. Visto.

Dio media vuelta. Miró al viñedo. No se movió.

Levantaba polvo. El agua del riego bajaba por donde siempre. El escarabajo iba. No había sincronía. Solo cosas que se mueven sin pedirse permiso, sin saber qué hacen los otros, sin importarles. Eso era todo.

El aire, el impulso movía el agua superficial mente, pero el agua naturalmente honesta así mismo, bajaba, sin conflicto, se deslizaba como submarino, dejando creelos veleros. Incontenible y negociadora al mismo tiempo. El aire que impulsa el gua y el fuego interior de la misma en sincronía.

Atardece y todo lo que fue verano se apaga despacio: el agua guarda lo que el cielo suelta, la viña espera desnuda al próximo ciclo, y hasta lo que ya cayó —un pino seco, un diente de león— sigue mirando de frente a la luz. A veces crecer es eso: dejar que algo se cierre para que otra cosa tenga dónde empezar.

4 de agosto · 5 min

La pausa de la herida

Atardecer de fuego, sol hundiéndose entre cerros oscuros

Hay una historia que algunos cuentan de monje a discípulo, es imposible saber si es históricamente real, pero tiene el peso de las cosas que importaría que sean ciertas.

La historia cuenta de un valiente guerrero que volvió de la batalla con el brazo roto, la herida abierta, sucia, con tierra metida en la carne. Llamaron urgente al monje que curaba para que lo cosiera rápido y que le diera algo para el dolor. El guerrero le dijo que se apurara porque quería irse antes de que cayera la noche, quería llegar a los suyos sin verse así. Avergonzado de que se viera su vulnerabilidad, su herida abierta como una derrota.

El monje pidió que bebiera agua, le pidió tiempo. Pasó un buen rato solo limpiando. El guerrero se desesperaba, decía que ya estaba bien, que cosiera de una vez. Pero el monje mirándolo como sabio que era le contestó algo: que lo que lo avergonzaba no era el hueso fracturado. Era verse por dentro y que los suyos también lo vieran. Por primera vez en mucho tiempo, su propio interior quedaba expuesto y no tenía como taparlo. Solo al día siguiente lo cosió.

Tambien le explicó algo que el guerrero tardaría años en entender: que un hueso roto puede sanar limpio en pocas semanas, o que puede llevarle la vida entera dependiendo de qué se hizo con la herida antes de cerrarla. La diferencia nunca la decide el hueso. La decide la herida, y lo se hizo con ella.

Lo invitó a que su mirada fuera más profunda porque a todos se nos rompe algo en algún momento y no es solamente un hueso. Un vínculo, una idea de lo que creíamos capaces de sostener, una certeza que funcionaba como columna. Y que en la mayoría de los casos la reacción natural es la del guerrero. Pedimos que nos cierren rápido. Que la herida no se note. Que para mañana esté todo cerrado y prolijo. Como si la velocidad fuera fortaleza. Y en realidad es la vergüenza de sentirnos expuestos, débiles.

A diferencia de las heridas físicas las internas, del alma, no se quiebran de un golpe, sino porque vienen sosteniendo de más. Antes hay meses, a veces años, soportando en alto. Un peso que muerde, pero le encontramos sentido cargar. El hueso cede no por el golpe que recibe.. Por eso cuando se abre, lo que sentimos no es alivio. Es vacío. Las manos acostumbradas a sostener no saben qué hacer sin nada entre ellas.

Queremos cerrar, vendar de inmediato, para no tener que mirar el interior que quedó expuesto. Porque verlo implica quedarse un instante más de lo que el orgullo tolera, viendo qué quedó adentro.

Pero hay algo que pasa si tomamos esa pausa. Cuando la herida se limpia cada día con atención, cuando no se le pide que se resuelva ya mismo. Algunos huesos sanan más fuertes en el lugar donde se rompieron. Otros nunca cicatrizan del todo. En ambos casos el trabajo es idéntico. Se llama limpieza. No cierre.

No se le pide a la fractura que adelante en qué se va a convertir. Se la limpia cada día. Algunos huesos sanan más fuertes en el lugar donde se rompieron. Otros dejan un punto flojo que nunca cierra del todo. El trabajo es el mismo: aprender a vivir con esa herida hasta que se cierre sola.

La historia cuenta que el monje le dijo eso al guerrero cuando lo termino de curar, antes de despedirlo. Quizás el guerrero tardó toda la vida en entenderlo realmente.

29 de julio · 5 min

La fractura expuesta

Mariposa anaranjada con las alas completamente abiertas sobre tierra y piedras

Cuando el hueso se quiebra y además rompe la piel, lo grave no es cómo quedó el hueso. Es el tamaño de la herida y cuánta tierra entró. Dos quiebres que se ven igual en la radiografía pueden ser un asunto de tres semanas o una urgencia, y lo que decide cuál de las dos cosas es, no es el hueso. Es la herida.

Lo primero que se hace tampoco es lo que uno se imagina. Uno pensaría que lo urgente es acomodar el hueso. No. Lo urgente es limpiar. Sacar lo sucio, lavar de nuevo al otro día si hace falta. Recién cuando la herida está limpia, se cierra. Coser antes de tiempo es la forma más rápida de dejar la suciedad adentro, donde después ya no se puede sacar.

Con nuestras heridas hacemos justo al revés. Se parte algo, un vínculo, una idea que teníamos de nosotros, una certeza sobre de qué éramos capaces, y lo primero que buscamos es cerrar. Rápido. Que no se note, que para el lunes esté todo impecable. Volver a la normalidad urgente como prueba de que seguimos enteros. A eso le decimos fortaleza, pero casi siempre es apuro.

Pero lo que hace grave a una herida así no es el hueso roto. Es que se ve lo de adentro, quedó a la vista. Duele diferente, y es la única vez que uno se ve por dentro sin nada que lo tape. Todo lo que veníamos administrando con cuidado —lo que damos sin que nadie lo pida, lo que después exigimos a cambio, lo que no le perdonamos a otro porque no queremos mirarlo en nosotros— queda de golpe arriba de la mesa, y ya no hay tiempo de disimularlo antes de que alguien lo mire.

Nadie se rompe de un día para el otro. Antes estuvo mucho tiempo sosteniendo. Los brazos arriba, aguantando algo que también mordía, que si no duele no sirve, que valía la pena. El hueso no cede por el golpe. Cede porque venía cargando de más, y el golpe apenas encuentra dónde. Después, cuando por fin se abre, las manos quedan vacías y sin función. Esa parte, que debería ser un alivio, es la que más se parece al vacío.

No estoy diciendo que haya que dejar la herida abierta para siempre. A veces el hueso no termina de soldar bien, y el cuerpo, cansado de esperar, arma ahí un punto flojo que se mueve justo donde debería haber firmeza. Es lo que pasa cuando la rotura se vuelve identidad: uno aprende a doblarse por donde se partió y de a poco le empieza a decir flexibilidad. La herida se deja abierta para limpiarla, no para mostrarla.

Y ahí está la parte fina, la que no se resuelve leyendo: no cerrar todavía y no cerrar nunca se parecen bastante vistos de afuera. Yo estoy en la limpieza. No en la parte donde la cosa ya sanó y se cuenta la anécdota en una sobremesa, sino en la de antes, la que no tiene ninguna épica: fijarme cada día si quedó algo sucio que se me pasó, aguantar la herida sin coserla de apuro y bancarme las ganas de armar una versión prolija de todo esto que me deje bien parado.

De cómo termina esto no sé nada, y no es modestia. Hay huesos que sanan y quedan más fuertes justo en el punto donde se rompieron. Y hay huesos que no terminan de sanar nunca, que se quedan con un punto flojo que se mueve donde debería haber firmeza, y uno con el tiempo aprende a caminar igual, cojeando un poco, sin que nadie lo note demasiado.

Lo único que puedo hacer con lo que tengo es seguir en la limpieza, y no pedirle a la herida que me adelante, antes de tiempo, en qué se va a convertir.

28 de julio · 4 min

Ofiuco, el decimotercero

Ilustración de una figura sosteniendo una serpiente entre estrellas, la constelación de Ofiuco

Ofiuco era el decimotercero eslabón zodiacal.

Los babilonios lo conocían. Había un hombre sosteniendo una serpiente. Visible en el cielo. Pero cuando los griegos sistematizaron el zodíaco, decidieron que doce signos era más limpio, más fácil para dividir en los meses que trece, y lo borraron. No desapareció. Solo se dejó de contar. Fue un trámite administrativo.

Ofiuco sigue ahí con la serpiente en las manos. Es la leyenda de Asclepio. El que sanaba, pero que también tocó la muerte. El que sostenía lo que mata y lo que cura sin saber bien la diferencia.

Hay una etapa en que uno sostiene cosas que duelen. Por ejemplo, sostener una relación el tiempo que el cuerpo aguanta. Empujando hacia arriba, evitando que caiga lo que pensás que es tu responsabilidad contener. Eso que sostenés también te muerde. La serpiente tiene veneno. Las manos son lo que importa.

Podés pasar años así. Sostener se vuelve tu forma de estar en el mundo. Ya no distinguís si los brazos están cansados o si simplemente llevan demasiado tiempo en esa posición. El dolor se normaliza. Empezás a contarte historias sobre por qué, si duele, importa… Si luchás, entonces vale.

Quizás en algún momento llegás a ver la mano ajena, sin filtro. Sin lo que vos creés que significa. Y ves que no está ayudando a sostener. Está cayendo. Vos ahí, con toda tu energía para evitarlo.

Decidís soltar. Pero te encontrás que soltar al principio no es alivio. Es otro tipo de dolor. Es el vacío. Las manos sin función. Los brazos después de años que no saben qué hacer cuando se bajan. Ese esfuerzo era lo único importante. Lo único que probaba que existías. Descubrís que soltar también es sostener. Pero a vos. Más difícil, porque parece que no tiene nobleza. Sin testigos. Sin historia adonde creés que sos el héroe. Sos, las manos ahora vacías, eligiendo no levantar lo que ya se cayó.

No te quedan cicatrices bonitas. Y la hazaña, ahora, no te parece tan heroica. Queda una soledad que no pediste. Queda ser responsable de algo que no es responsabilidad de nadie. Queda la pregunta de si lo que sostenías quería quedarse o vos eras lo suficientemente fuerte para cargar mientras alguien más hacía otras cosas con las manos libres.

Ofiuco no se transforma cuando suelta. Sigue siendo quien es. El cielo que lo rodea se reacomoda. Lo que era sostener se vuelve separación. Dos cuerpos en espacios distintos.

Hoy, duele diferente. No es el dolor de sostener. Es no saber si lo que viene es mejor. Es la incertidumbre de lo distinto. Es estar acá, vivo, en un cuerpo que eligió no cargar lo que ayer sostenía.

21 de julio · 5 min

Integridad

Muro de piedra envejecido con grietas visibles

Entendí que la lealtad sin honestidad no es lealtad. Puedes estar presente, parecer leal, amar con toda la intensidad que tiene. Decir las palabras correctas, aparecer en los momentos que importan. Pero si guarda verdades incómodas, si hay silencios que pesan más que las palabras, si lo que dice en la cara del otro no es lo mismo que hace a su espalda, todo eso se desmorona.

La honestidad nadie la menciona cuando habla de lealtad. Se promete fidelidad, presencia. ¿Pero dónde está el "te diré la verdad incluso si duele"? Es más cómodo guardar silencio. Sonreír y dejar la verdad incómoda en algún rincón del pecho. Hacer como que todo está bien cuando no lo está. Ese silencio es mentira. Una de las más efectivas, porque nadie puede acusarte de algo que nunca dijiste.

Ser la misma persona cuando nadie te ve, cuando no hay recompensa. No ser alguien en la presencia y otro completamente distinto cuando te vas. Eso requiere honestidad. No es un momento que activas. Es consistencia real en ambas direcciones.

Y exige algo que casi nadie promete: reconocer que no siempre sabes, que a veces tienes miedo, que eso no invalida nada. Decir "no sé" sin que suene a derrota. Admitir dudas sin que eso te haga menos.

Honestidad. No honradez. Tomó tiempo entender la diferencia. La honradez es sobre dinero, sobre cosas que se respetan. Alguien puede pagar sus deudas, no robar, respetar los límites, y seguir siendo completamente deshonesto. Puede ocultar una vida entera en el silencio, diciendo sí pero funcionando como un no. La honestidad va más hondo. No edita la verdad para que sea más paladeable. Muestra lo que se guarda, incluso lo feo, incluso lo que avergüenza.

Lo que exigías del otro era el espejo de lo que no querías ver en ti. La honestidad total que reclamabas es la que tú también temías dar. Ser honesto significa mostrar la sombra: las dudas, los miedos, las mentiras que nos contamos para dormir. No siempre los guardamos por maldad, sino porque es lo único que conocemos, porque alguien nos enseñó a hacerlo así, probablemente cuando éramos demasiado jóvenes para elegir.

Y ahí entendí algo más difícil de digerir: no puedo culpar a nadie. Es cómo esa persona aprendió a sobrevivir, probablemente mucho antes de que yo llegara. No puedo exigirle que converse con su propia sombra si ella aún no decidió que eso fuera posible. Si nadie le mostró que era una opción.

Pero eso no cierra el tema, apenas lo abre. Porque la honestidad sola, sin más, es todavía la mitad del camino. Es lo que ves en la superficie: las palabras dichas en la cara, la verdad que se entrega en el momento en que se pide. Falta lo que nadie ve. Falta ser esa misma persona cuando no hay testigos, cuando nadie pregunta, cuando podrías ser alguien completamente distinto y nadie jamás lo sabría. Eso ya no es honestidad. Eso es integridad — la palabra que buscaba desde el principio, la que de verdad supera a la lealtad.

Porque puedo decirte la verdad hoy y desaparecer mañana. Puedo ser honesto en una conversación y incoherente en cien decisiones silenciosas. La integridad no perdona esa grieta. Exige que lo que digo y lo que hago cuando nadie mira sean la misma cosa, siempre, no solo cuando conviene o cuando alguien pregunta directamente.

Eso es lo que se labró cuando empecé a pensar en la lealtad: que la única promesa con peso real es la que sostiene ambas cosas a la vez, decir la verdad y ser coherente con ella incluso en la oscuridad. Tal vez todos guardamos alguna versión editada de nosotros mismos, y la pregunta no es si existe, sino cuánto estamos dispuestos a mirar.

¿Cuánto de lo que prometo es cierto?

19 de julio · 5 min

Honestidad y lealtad

Río en calma reflejando la orilla de piedras

La honestidad nadie la menciona cuando habla de lealtad. Se habla de fidelidad, presencia. Pero el decir la verdad incluso si duele desaparece. Es más cómodo guardar silencio. Sonreír y dejar la verdad incómoda en algún rincón del pecho, donde no moleste. Hacer como que todo está bien cuando no lo está. Ese silencio es una forma de mentira. Una de las más efectivas y con el tiempo es una mochila que se empieza a sentir

Ser la misma persona cuando nadie te ve, cuando no hay recompensa — eso es lo que honestidad exige. No ser alguien cuando te están mirando y otro completamente distinto cuando se va. La honestidad no es un momento que activas. Es una consistencia que requiere tanto de vos como de la otra persona.

Honestidad. No honradez. Eso es lo que tomó tiempo entender. No se trata sobre dinero, sobre cosas que se respetan o reglas que se siguen. Alguien puede ser honrado — pagar sus deudas, devolver lo que se le presta, no robar — y seguir siendo completamente deshonesto. Puede ocultar una vida entera en el silencio. La honestidad es más profunda. Es no editar la verdad para que sea más paladeable. Es mostrar lo que guardas.

Y entonces viene el descubrimiento que no esperabas: lo que exigías del otro era el espejo de lo que no querías ver en ti. La honestidad total que reclamabas es la que tú también temías dar completamente. Porque ser honesto implica mostrar la sombra, las partes que preferirías que no existieran. Los fragmentos de sí mismo que guardamos — las dudas, los miedos, las cosas que no funcionan en nosotros, las mentiras que nos contamos para dormir — no siempre los guardamos por maldad. Los guardamos porque es lo único que conocemos. Porque fue la única forma en que aprendimos a sobrevivir sin que nos destrozaran.

Descubrir que la otra persona funciona así — sin esa integración, sin esa disposición a mostrarse completa — duele de una manera distinta. Una que es casi peor porque no hay culpa que asignar. Porque reconoces que no es malicia deliberada. Es su construcción. Es el sistema que construyó para protegerse. Es cómo aprendió a sobrevivir, probablemente mucho antes de que uno llegara. Y no puedes castigarla por eso, aunque quisieras. No puedes exigirle que tenga conversaciones con su propia sombra si ella o él aún no decidió que eso fuera posible. Si nadie en su vida le mostró que era una opción. Si nadie le dijo que la vulnerabilidad no es lo mismo que debilidad.

Lo que me queda es reconocer que la lealtad sin honestidad es teatro. Pura actuación. Pero la honestidad que reclamaba del otro — esa vulnerabilidad, ese despojarse de los disfraces — es la que primero tenía que estar dispuesto a dar a uno mismo. No como justificación de lo que pasó. Como responsabilidad de lo que viene.

Y tal vez ese es el aprendizaje real: que las promesas sin coherencia no valen nada. Ni las que hace el otro, ni las que me hago a mí mismo.

No sé si hay resolución en esto. No sé si las cosas pueden regresar cuando alguien decidió que el silencio era más seguro. Pero sé que, de ahora en adelante, la honestidad que prometo tiene que empezar conmigo.

Especialmente cuando cuesta.

14 de julio · 4 min

El pasado que el oro no esconde

Cuenco de cerámica negra reparado con grietas de oro, técnica kintsugi

Hay un cuenco roto que vale más caro que sano, entero.

La primera vez que lo escuché pensé que era una de esas frases que suenan profundas y no dicen nada. Pero es literal. En Japón, desde hace siglos, cuando se les quiebra un cuenco de cerámica que vale la pena —uno de esos que pasaron de abuela a nieta— no lo tiran ni lo esconden en un cajón. Lo reparan. Pero no lo reparan para disimular. Juntan los pedazos con una laca mezclada con polvo de oro, de modo que la unión quede a la vista, brillante, imposible de ignorar. La grieta no se tapa: se subraya. Se vuelve la parte más hermosa de la pieza. Le pusieron un nombre, kintsugi, que quiere decir algo así como "carpintería de oro".

El resultado es un cuenco que ya no es el que era. Tiene una historia escrita encima. Cualquiera que lo toma entre las manos ve, que en algún momento esto estuvo quebrado y alguien decidió que valía la pena rearmarlo.

A nosotros nos enseñaron que lo roto se oculta. Que la cicatriz es una falla, que la grieta da vergüenza, que lo deseable es llegar entero, sin marcas, presentable. Vivimos arreglándonos por dentro con un pegamento casi transparente, rezando para que nadie note por dónde nos partimos alguna vez. Mostramos la versión pulida, la que parece que nunca se cayó de la mesa. Y al que pregunta demasiado le decimos que está todo bien, que de eso ya ni nos acordamos.

El problema es que esa reparación invisible es mentira, y las mentiras pesan. Un cuenco pegado con pegamento no engaña a nadie de cerca: se ve la línea fea, el intento de que parezca nuevo. Lo que envejece mal no es la grieta; es el disimulo de la grieta. Lo que da lástima no es haberse roto —todos nos rompimos alguna vez por algo— sino la energía gastada en que no se note.

El que inventó el kintsugi entendió una cosa que a nosotros nos cuesta una vida entera. Que la pieza intacta, la que nunca se cayó, en realidad no tiene nada para contar. Es linda y es muda. Recién cuando se quiebra y se rearma con la fractura a la vista empieza a decir algo. La línea de oro es el lugar exacto por donde entró la historia. Si eliminas la grieta, le borras su historia de vida.

No estoy diciendo que haya que romperse para tener valor, ni que el dolor sea lindo, ni ninguna de esas cosas que se dicen para que la herida ajena moleste menos. El golpe duele y el cuenco roto, mientras está hecho pedazos sobre el piso, no es ninguna metáfora: es un cuenco roto y da bronca. Pero después viene el momento en que hay que decidir qué se hace con los pedazos. Y ahí están las dos opciones de siempre: el pegamento transparente, el disimulo, el "no pasó nada". O el oro.

El oro cuesta más, sin embargo, invita a admitir, delante de cualquiera que mire, que por acá estuviste partido. No es cómodo. Pero es lo único que convierte un accidente en una historia, y una historia es lo único que después uno puede tener entre las manos sin avergonzarse.

Por eso, cuando me toca rearmarme de algo, trato de acordarme del cuenco. De que la tentación va a ser siempre el pegamento, la versión nueva, la que parece que nunca se cayó. Y de que lo que vale más, lo único que vale más, es lo que se anima a mostrar por dónde se quebró, con la línea bien a la vista, brillando.

14 de julio · 4 min

El espejo como amigo interior

Ilustración de una persona frente a un espejo interior

Este fin de semana celebramos el Día del Amigo. Intercambios de mensajes, encuentros postergados, textos de gente que no ves hace meses. Los amigos son sagrados. Pero hay un amigo que no celebras: vos mismo.

Lo pienso cuando estoy en mi trabajo, en medio de algo que salió mal. Un archivo desviado, una decisión comercial corta, un proyecto que no cerró. En ese instante aparece el espejo. No es el del baño. Es el interior, el que llevamos todos y que en la dificultad, nunca devuelve compasión. Devuelve a un juez con sentencia lista.

Un amigo de verdad te sostiene en el fracaso. Reconoce tu responsabilidad, pero te dice algo así: mirá, no es por ahí. Pero vos no sos tu error. Un amigo permite que falles sin convertir el fracaso en tu identidad.

El espejo interior hace otra cosa. Cuando cometés un error, no te mira como lo haría un amigo y allí comienza el monólogo: la crítica infinita, el relato sobre lo que significa haber fallado, sobre quién sos vos por haberlo dejado salir así. Y esa narrativa es lo que duele. No el error, es la película que proyectas sobre el error.

Pensá en cómo recibís un consejo en crisis. Alguien que querés te dice algo sensato: dejá de torturarte, no es tan grave, todos nos equivocamos. Lo escuchás, asintís, hasta lo creés cinco minutos. Pero después el espejo vuelve. Su voz es más fuerte que la de tu amigo. Te dice: pero en tu caso es distinto. Vos deberías haber visto esto venir. No es que no puedas escuchar un buen consejo. Es que ya hay alguien adentro diciéndotelo más cruel.

¿De dónde viene esa ferocidad? Creo que de una confusión. Confundimos responsabilidad con obligación de condenarnos. Creemos que si no nos golpeamos lo suficiente, entonces no estamos siendo responsables. Como si el dolor fuera prueba de que lo tomamos en serio. Como si ser duro fuera lo mismo que ser honesto.

Un amigo puede decirte la verdad sin destruirte mientras lo hace. Nosotros confundimos verdad con violencia. Nos miramos en el espejo y vemos no sólo lo que hicimos, sino la narrativa completa de lo que significa y la transformamos en una prisión.

Lo curioso es que después, cuando la crisis pasa, miramos hacia atrás y pensamos: ay, no era para tanto. Gran parte del sufrimiento no vino del error, sino de la historia que nos contamos sobre el error. De la realidad que inventamos en el espejo.

¿Cuánto de lo que creemos que es realidad es simplemente la narrativa que decidimos creer? ¿Cuánto de nuestro sufrimiento es el fracaso mismo, y cuánto es la película proyectada sobre el fracaso?

Este fin de semana, mientras celebrás a tus amigos, preguntale al que mirás en el espejo si es realmente tu enemigo o si simplemente le enseñaste a serlo. Porque un amigo de verdad no busca destruirte cuando caés. Busca que te levantes.

Eso sí: preguntalo siendo amigo, sincero y leal con vos mismo. La amistad te sostiene, sin embargo también te pide que crezcas. La diferencia es que lo hace desde la compasión y el amor, no desde la condena.

El espejo seguirá devolviendo una imagen. Vos podés elegir qué historia le contás a esa imagen.

12 de julio · 6 min

Injusticia y ego

Cordillera de los Andes nevada bajo un cielo despejado

12 de julio de 2026

Hay una pregunta que vuelve seguido: si algo me indigna, ¿estoy actuando desde la justicia o desde el ego? La respuesta corta es "en parte sí", pero la respuesta útil exige separar dos cosas que casi siempre vienen mezcladas: la injusticia como hecho y la carga emocional que me deja.

La injusticia, como hecho, pide una respuesta. Actuar cuando se puede, señalar, corregir. Eso no es trabajo de ego, es virtud: los estoicos la ponen entre las cuatro cardinales, junto a la prudencia, la fortaleza y la templanza. Mirar para otro lado y llamarlo "trabajo interior" no es sabiduría, es pasividad con buen maquillaje.

Lo que sí suele delatar al ego es otra cosa: la desproporción. No la indignación en sí, sino cuánto dura, cuánto pesa, cuánto necesito que el otro reconozca su error para poder soltarla. Ahí ya no está hablando el principio de justicia. Está hablando algo más viejo: una necesidad de control, de ser visto, de que el mundo confirme una idea que tengo de mí mismo.

Jung tiene una manera precisa de nombrar esto. La injusticia externa engancha un complejo, un material de Sombra que todavía no integré. No me duele solo lo que pasó. Me duele lo que pasó más todo lo que eso reactiva: otras veces que no fui considerado, escuchado, tomado en serio. La escena de hoy es apenas el gatillo. La carga viene de atrás, acumulada, esperando cualquier excusa parecida para salir.

Lo curioso es que esto casi nunca se anuncia. Nadie piensa "ahora voy a reaccionar desde mi complejo no resuelto". Lo que aparece es una certeza muy sólida de que esta vez sí, el otro estuvo objetivamente mal, y de que mi enojo es apenas la medida exacta de esa falta. La desproporción se disfraza de precisión. Por eso cuesta verla desde adentro: hace falta la distancia de unas horas, o de unos días, para notar que la reacción tenía un tamaño que no correspondía al hecho que la originó.

Por eso la pregunta que me sirve no es "¿debería afectarme o no?". Esa pregunta lleva a un callejón sin salida, porque la respuesta siempre es "depende". La pregunta que sí abre algo es otra: ¿la intensidad de esto es proporcional al hecho, o está tirando de un hilo mucho más largo? Si me insultan una vez y lo procesé en un día, probablemente sea proporcional. Si sigo dándole vueltas dos semanas después, construyendo en la cabeza la conversación donde por fin le explico al otro por qué se equivocó, ahí ya no es información sobre el mundo. Es información sobre mí.

Y esa distinción importa porque cambia lo que hago con la energía. Si es proporcional, guía la acción justa: digo lo que hay que decir, corrijo lo que se puede corregir, y sigo. Si es desproporcional, es una señal de que hay un trabajo pendiente, no para volverme indiferente frente a lo que está mal, sino para poder actuar con más claridad y menos veneno. Porque cuando actúo desde la herida vieja, casi siempre actúo peor. Reacciono más fuerte de lo necesario, o me quedo callado cuando debería hablar, y en ambos casos el resultado tiene menos que ver con la situación real y más con la vieja cuenta pendiente.

Marco Aurelio lo resume mejor de lo que yo podría: no controlás lo que el otro hace, controlás el juicio que hacés sobre eso. Durante mucho tiempo leí esa frase como un llamado a no sentir, a construir una especie de indiferencia elegante frente a lo que pasa. Ahora la leo distinto. El trabajo no es no sentir. Es no quedar secuestrado por lo que se siente. Son cosas muy diferentes, aunque desde afuera a veces se parezcan.

Lo que me queda de esto, por ahora, es una pregunta más para hacerme la próxima vez que algo me saque de eje: ¿esto es del tamaño del hecho, o es del tamaño de todas las veces anteriores? No sé si voy a poder responderla bien en caliente. Probablemente no. Pero al menos ya sé qué pregunta hacer, y eso, alguna vez, va a alcanzar para no confundir el fuego viejo con el de hoy.

7 de julio · 5 min

Cocos y chañares

Ilustración de un chañar cargado de frutos en el monte árido

Una vez alguien me dijo que se sentía que era como un coco…

Que tenía capas y que había que atravesarlas de a una, porque al final, en el centro, la esperaba la calma: agua fresca, transparente, en paz consigo misma. Me quedé unos días con esa imagen tratando de razonarla hasta que empecé a dudar. Porque conozco gente —y me conozco a mí por sobre todos— para quienes llegar al centro no es llegar a la paz. Es ahí, justo ahí, donde empieza lo más difícil.

Por eso terminé pensando en otra fruta, más nuestra: el chañar, fruto del árbol homónimo. Crece donde casi nada prospera y, aun así, llega cargado, dulce, como si la escasez fuera parte de la receta. Tiene la misma estructura que el coco —piel, pulpa, núcleo protegido—, pero cuenta otra historia. En el coco lo duro es la barrera y lo íntimo es blando: agua, descanso, premio. En el chañar es al revés: la pulpa da algo de tranquilidad, pero el centro sigue siendo duro. Hay hueso, no agua. Y ese detalle lo cambia todo.

Hay personas que atraviesan la vida convencidas de que, su centro es ese agua tranquila y que cuando llegan o dejan entrar a alguien allí, van a encontrar la calma. A veces no es así. A veces se llega al centro y lo que hay es una guerra. No contra otros, sino contra uno mismo.

Llega un momento, inevitablemente, en que uno hace las cuentas de su vida y descubre que no cierran del todo. El cuerpo, los vínculos, las decisiones tomadas y las que no, todo se junta y pide revisión al mismo tiempo, como si la vida hubiera estado esperando pacientemente ese momento para presentar la factura completa. No es una crisis que se cura llegando al fondo de uno mismo y encontrando un lago tranquilo. Es más bien un carozo: duro, cerrado, con algo adentro que todavía no sabe si es semilla o cicatriz. Y, por un tiempo —a veces largo—, no hay forma de saber cuál de las dos cosas es.

El chañar no evita su propia dureza: sabe que, si la hierve a fuego lento con templanza, esa materia que no cedía por sí sola se convierte en arrope. Y esto no es un premio de consuelo: es un remedio real, usado durante generaciones para lo que oprime el pecho.

Nunca se sabe bien qué es lo que aplasta el pecho de otro. Puede ser pena, puede ser culpa, un impulso, puede ser algo que se quiso decir y nunca se dijo. El cuerpo no aclara esas cosas, solo las guarda todas juntas, apretadas, esperando el fuego que las suelte.

Ahí está la diferencia que importa. El coco promete que, del otro lado de las capas, hay descanso. El chañar, más honesto con ciertas crisis, dice otra cosa: llegar al centro no es el final del trabajo, es el principio de otro. La batalla no está antes del núcleo, protegiendo algo blando. La batalla está dentro del núcleo mismo. Y es de esa batalla —no evitándola— de donde puede salir algo que sane.

Me gusta pensar que ninguna guerra interna es pura destrucción. Que el mismo material que no cede fácil, tratado con tiempo y calor justos, puede terminar siendo lo que cure a otros. No porque el dolor tenga un sentido mágico en sí mismo, sino porque atravesarlo entero, sin atajos, deja algo que luego se puede compartir con alguien que esté empezando su propia versión de la misma batalla.

El monte no apura a nadie. El chañar tampoco. Pero ambos ahora saben que un carozo que nunca se hierve se queda, para siempre, como un hueso duro. Y también saben, cada uno a su modo, que el fuego nunca llega por azar: aparece cuando el fruto ya está listo para soportarlo. Porque no son opuestos, son aliados. Uno es descanso inmediato, el otro remedio paciente. Si compartieran, más que promesa: podrían ser destino.

30 de junio · 5 min

Cuando Marte contempla

Ilustración simbólica de la Tierra y sus órbitas alrededor del sol y la luna

Hay noches en que conviene salir al patio y buscar a Marte. Está ahí, terco, colorado, más brillante que cualquier estrella. Si lo ves una sola vez no vas a notar nada. Pero si lo marcas —dónde está parado respecto de las estrellas de fondo, semana a semana— en algún momento del año vas a descubrir algo diferente: el planeta frena, se detiene, y empieza a caminar hacia atrás. Avanza en sentido contrario durante semanas. Después arranca de nuevo, normal, como si nada.

Los que miraban el cielo hace cuatro mil años vieron eso y el espanto llegó donde llegaba. Todo lo demás en el firmamento prometía lealtad: el Sol salía por donde tenía que salir, la Luna cumplía sus fases con puntualidad de relojero. Y de golpe este punto rojo desobedecía. Le pusieron nombre al fenómeno —retrogradación— pero el nombre no calmaba nada. ¿Cómo se entiende un mundo donde las cosas pueden, sin aviso, empezar a retroceder?

Tardaron siglos en darse cuenta de que Marte nunca retrocedía. Ni una sola vez. La verdad es que Marte y la Tierra giran alrededor del Sol, cada uno en su órbita. La Tierra es impulsiva, se mueve más rápido y por una pista más corta. Cada tanto nos alcanza a Marte y lo pasamos. Él sigue derecho, indiferente. Somos nosotros los que lo dejamos atrás. La ilusión es perfecta.

Me detengo acá porque creo que esto es lo más honesto que dijo nunca la astronomía sobre la vida humana. Hay temporadas en que uno jura que está retrocediendo. El trabajo que parecía firme se deshace. Una relación que creías para siempre se gasta entre las manos. Te sentás a hacer un balance y la cuenta da en rojo: menos plata, menos pelo, menos certezas que a los veinte. La sensación es nítida, casi física. Estamos yendo para atrás.

Y es una ilusión de perspectiva. La mayoría de las veces no retrocediste: cambiaste de posición. Te corriste a un punto del que no se puede ver lo mismo que antes. Lo que mirás como pérdida muchas veces es un adelantamiento que todavía no terminó de pasar. Estás justo en la parte en que el otro auto parece ir hacia atrás, y duele, y te asustás, porque desde adentro de ese tramo no hay forma de saber que es momentáneo.

No estoy diciendo que todo retroceso sea mentira. Hay derrotas reales, hay cosas que se pierden y no vuelven, y confundir un duelo con una ilusión óptica es otra forma de no mirar. Pero el problema casi nunca es el dato; es la conclusión que sacamos del dato. Vemos a Marte caminar para atrás y decretamos que el cielo se rompió. Sentimos que la vida nos arrastra en reversa y firmamos, ahí mismo, una sentencia sobre quiénes somos.

Los antiguos no tenían cómo saber que la Tierra se movía. Nosotros sí, y aun así seguimos parados en el patio jurando que el problema lo tiene el otro planeta. Cuesta aceptar lo incómodo: que el punto de observación desde el que medimos todo —ese "yo" que mira y juzga— también está girando, también cambia de lugar, y arrastra consigo la ilusión completa.

Por eso, las noches en que la vida parece ir para atrás, me impongo ser Marte: dios romano de la guerra, la pasión, la valentía. Contemplo. Reflejo. Mi templanza sin acción descubriendo llegadas y huidas. Me sirve para acordarme de que lo que me confunde es mi propio movimiento, y que a veces la falta de presencia no significa ausencia. Cada uno respira a su ritmo, y yo sigo mi órbita sin necesidad de reaccionar. Contemplo.

22 de junio · 4 min

El trompo dormido

Díptico de un trompo de madera girando y luego caído sobre arena, en un taller

Cuando éramos chicos había una palabra para el momento perfecto del trompo: decíamos que estaba dormido.

El que sabía tirarlo lo lanzaba con un envión seco de la piola, y si lo hacía bien el trompo caía parado y giraba tan rápido, pero tan rápido, que parecía no moverse. Quedaba clavado en un punto del piso, callado. Uno podía acercar el dedo y sentir el zumbido, pero a la vista era pura calma. Eso era un trompo dormido. Duraba unos segundos: enseguida empezaba a hacer eses, a bambolearse cada vez más, hasta que se caía de costado y rodaba muerto por el piso.

Lo que ningún chico entendía —yo no lo entendí hasta mucho después— es que el trompo se veía más quieto justo cuando giraba más rápido. La calma no era ausencia de movimiento. Era movimiento llevado a su punto máximo, tan centrado sobre su eje que parecía no moverse. El bamboleo, las eses, todo eso no venía de moverse demasiado. Venía de empezar a frenar.

Me detengo acá, porque creo que nos vendieron la paz al revés.

Nos la vendieron como quietud. Un estado donde por fin no pasa nada, donde las aguas se calman y uno se sienta a descansar de la tormenta. La imaginamos como un lago liso. La buscamos como si fuera un lugar al que se llega cuando todo lo demás se detiene. Y entonces esperamos. Esperamos a que se arregle el trabajo, a que se acomode la familia, a que pase el problema de turno, convencidos de que recién ahí, cuando no quede nada girando, vamos a poder estar en paz.

Ese momento no llega nunca. Siempre hay algo girando. Y si la paz es la ausencia de movimiento, entonces la paz es para los muertos, porque son los únicos a los que de verdad no les pasa nada.

El trompo dice otra cosa. Que no se está en paz porque afuera se haya detenido todo, sino porque uno encontró su eje y gira sobre él sin tambalear. La tormenta sigue. La piola sigue tensa, la velocidad es enorme. Pero hay un punto, justo en el medio de todo ese vértigo, que no se mueve. Y ese punto quieto en medio del giro es lo más parecido a la paz que conocí.

No hablo de resignarse, ni de esa calma de manual que parece más anestesia que otra cosa. El trompo dormido no descansa: trabaja a full, sostenido por su propia fuerza. La paz que vale no es la del que dejó de sentir. Es la del que siente todo y aun así no se cae de costado. Cuesta. Se sostiene segundo a segundo. En cuanto uno se descuida, empieza el bamboleo.

Y ahí está lo otro que enseña el trompo, casi al pasar. El tambaleo no es un problema nuevo que llega de afuera. Es el principio del fin de la calma vieja. Cuando empiezo a hacer eses no me está pasando nada. Perdí el eje. Y la respuesta no es buscar un piso más liso ni una pieza más silenciosa. Es volver a centrarme sobre el punto desde el que giro.

Por eso, cuando ando bamboleándome —y ando, más de lo que me gustaría—, trato de no salir a buscar un lugar donde por fin no pase nada. Ese lugar no existe. Me acuerdo del trompo dormido. De que la calma no estaba en el piso quieto, sino en el centro de la cosa que giraba a toda velocidad. Más despierta que nunca.

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Granada madura entre hojas doradas, luz cálida de otoño
Granada, cosecha tardía

Una lectura
a la semana.

Sin ruido, sin urgencia. Un solo texto, una sola imagen, entregados el domingo por la mañana.